Célebre sofista y moralista alemán. Aguafiestas profesional, especialista en convertir la impotencia práctica en virtud crítica, la amargura personal en método y la inteligibilidad en un galimatías.
Todo le parecía mal, vulgar y/o fascista, salvo aquello que nadie entendía y nadie escuchaba, preferentemente él mismo.
Inventó la llamada dialéctica negativa, es decir, la impotencia metafísica de no afirmar jamás nada, todo ello con aspecto de profundidad.
Para este ser abyecto, pensar consistía en negar, sospechar y torcer el gesto. Su cobardía y mala fe le hacía ver en todo una complicidad con Auschwitz. Resultado: filosofía (por llamarlo de algún modo) fea, desagradable y satisfecha de su elitista esterilidad.
Despreció la cultura de masas con el rencor del snob y del señorito: odiaba trabajar y al pueblo por disfrutar. Jazz, cine, entretenimiento: todo basura. Solo se salvaba la música que nadie oye y la teoría que nadie puede leer. Este disparate, no obstante, se ha convertido en blasón de los museos de arte moderno, donde arte y basura son lo mismo.
Mal profesor y revolucionario de salón con bata y alpargatas, este botarate pasó la vida denunciando el capitalismo pero viviendo de él como una sanguijuela. Cobarde y pusilánime, denunció a sus alumnos ante la policía. Los alentó a atentar y dejarse matar pero se asustó por unas tetas.
Murió tarde, en 1969, de un infarto, dejando toneladas de hojarasca manuscrita, áspera y desagradable como su autor, así como a sinfín de discípulos convencidos de que odiar el mundo equivale a comprenderlo. Un veneno para la inteligencia a evitar.