Célebre enfermo mental, resentido y filósofo de segunda regional elevado a maestro de la sospecha. Se las dio de héroe germano en la guerra francoprusiana como camillero en la retaguardia de la retaguardia. Tras su paso por la universidad, con escaso éxito, por cierto, elaboró una filosofía para adolescentes, tontos y nazis.
Mal profesor y peor músico, nunca eligió bien. En su vida cató mujer si no era previo pago. De ahí la sífilis que contrajo y que sus hagiógrafos han disfrazado de cefaleas infantiles. En el pecado va la penitencia.
Intentó casarse con cuanta mujer se cruzó, pero a todas ellas, más que pena, las asustaba. Esta colección de fracasos vitales, unida a deseos espurios por hombres y familiares, culminó en una filosofía errática y demente, donde no hubo disparate, sandez, majadería, estupidez, trapacería, embeleco ni tropelía que no se defendiera. Convirtió su mala salud (física y mental) en cosmovisión y su resentimiento en metafísica, filosofía delirante que es origen, junto al nefando Rousseau y otros malandrines, de todo lo malo en que ha desembocado la filosofía contemporánea.
Con cierto talento literario, transformó su demencia e incapacidad en aforismos sobre el superhombre, la muerte de Dios o el eterno retorno, tonterías mayúsculas, propias del espíritu tabernario e inculto que siempre fue este desdichado, y que embelesan a cuanto tonto los lee.
En 1888 este infeliz tuvo un último achaque que lo dejó completamente muñeco hasta que, felizmente, murió en 1900, mudo, que es como mejor estuvo. Tras su muerte, toda suerte de fanáticos, farsantes y sofistas se han arrimado a su exigua sombra, engordándola con más tramoyas y supercherías: desde los nazis hasta los más disparatados posmodernos, no ha habido buitre intelectual que no haya hecho presa de este miserable intelecto.