Muy tristemente célebres mitos (puros cuentos chinos, como los Reyes Magos, el Ratoncito Pérez, los Derechos Humanos o el Derecho internacional) contemporáneos, omnipresentes, ubicuos, pegajosos como chicles al Sol y extraordinariamente rentables. Sirven para justificar toda suerte de trapacería, maldad, chifladura, argucia, embeleco, ardid, timo, engaño, maña, sofisma, estafa, sevicia, extravagancia, gilipollez supina y tontería mayúscula que el lector pueda imaginar, con aire (o humo, más bien) solemne —eso sí, no puede faltar la solemnidad.

Se pronuncian con voz grave, después de un carraspeo reverencial, con la barbilla algo elevada, buscando miradas cómplices, como si al decir «Cultura» o «Arte» se abriesen los cielos y, con música celestial, descendiese sobre el pedante de turno la paloma del Espíritu Sant…, digo del sacrosantísimo reino de la Cultura y del Arte, es decir, de todo lo Bueno, Bello y Justo que hay en el mundo y fuera del mundo. Y, en efecto, es que algo de eso hay, porque ambos palabros, vacíos como los celebros de quienes los tienen por Religión, son mitos teológicos secularizados. Luego discurriremos por lo menudo este asunto.

Entre los tontos de toda laya la palabra «Cultura» goza de una reputación semejante a la que tuvo la Santidad entre meapilas y beatos de otros tiempos. Esta palabrota, como el calvo de Don Limpio o la RAE, todo lo lava, todo lo unge, todo lo hace brillar. Si un concejal, da igual el partido del que forme parte, despilfarra los dineros del erario público en cualquier disparate para que cuatro tontos del haba con ínfulas vayan a lucir palmito, basta con decir que aquello es «Cultura» o «Arte» o ambas cosas a la vez, es decir, «Arte y Cultura», y los pecados capitales y vicios abyectos, no solo quedan absueltos, sino que son convertidos en virtudes y obras de arte. Para muestra un botón: repare el amable lector en los monumentos que adornan todo tipo de glorietas y rotondas de este nuestro querido país para hacerse una idea de lo que aquí se está diciendo.

Sin embargo, cuando se pregunta con sencillez hortelana a los repelentes con aire de entendidos que dicen saber qué es la «Cultura»: «Muy bonito, muy bonito, pero déjese de historias y de citar al tuntún a no sé quién, ¿qué quiere usted decir con “cultura”?». En ese preciso momento, el hípster, pedante y cultureta por creérselo, se queda como un conejo sorprendido en una carretera nacional por los faros de un coche y con gesto de estar sufriendo un ictus. Como suele hacerse el silencio, uno sigue: es que «Cultura» lo mismo vale para el crecimiento desproporcionado de la bolsa escrotal de los varones de la tribu Bubal, para el look estrafalario del que está padeciendo el cortocircuito, para un concurso de lanzamiento de huesos de aceituna, las Meninas, un balé subvencionado al que no asiste ni la madre de la bailarina principal, la ruta del Bakalao, un botellón, el Quijote o una cata de quesos y jamones. Su denotación es tan monstruosamente amplia que no quiere decir nada; y su connotación es tan absolutamente oscura que sirve para decirlo todo. Por tanto, no estamos ante una idea clara y distinta, de las que diría don Renato Descartes, sino ante un remolino de ideuchas torcidas que, a su vez, conforman una auténtica idea-fuerza, como diría un afrangsesado de guagdia; traducido al román paladino, ante una patraña de dimensiones colosales. El mito de la Cultura tiene, además, una veta etnicista de mucha enjundia. Después de haber servido a las élites para justificar conciertos, óperas y museos, se democratiza como Patrimonio de la humanidad a la vez que Seña de identidad y voz de un pueblo —véase el oxímoron. Entonces todas las culturas pasan a ser igualmente respetables. Nadie se atreve a preguntar si, siendo todas igualmente valiosas, por qué algunas se subvencionan con más entusiasmo que otras, o por qué el mismo que no se emociona con una charanga de pueblo pero sí, y además acusa de fascista si no sientes lo mismo, ante una performance con sangre menstrual y focos lilas.

Con el «Arte» pasa otro tanto. Baste ver el rosario de tonterías que en nombre de esta cosa que no existe dicen toda suerte de abajofirmantes, intelectuales y artistas que pisan una alfombra roja. En España, los nefandos premios Goya son ocasión propicia para regurgitar esta palabra una y otra vez. Estos majaderos colosales —aunque, desgraciadamente, también gentes que no son tal, pero que están contaminadas hasta el tuétano por los vapores tóxicos y nocivos de este veneno ideológico— hablan del Arte como si fuese un señor con carnet de identidad y todos los impuestos en regla o una clase real (para los indocumentados, clase = colección de entidades, objetos o individuos reales que comparten una o varias características comunes, esto es, una esencia, no necesariamente fija) delimitada, con rasgos propios. Volvamos a nuestro amable hortelano. Imaginemos que, sin saber cómo ni por qué, el desprotegido labriego se ha perdido en la Feria de ARCO, el Reina Sofía, el Hortensia Herrero o cualquier circo o estercolero de esos. El pobre hombre, retorciéndose la boina, no sabe dónde esconderse. Asiste atónito a un espectáculo dantesco: una panda de botarates y chiflados, extasiados como la Santa Teresa de Bernini o cual adolescente viendo una web para mayores, contemplando una escoba clavada en un queso o una estatua que se parece a la chatarra que recoge Alexandru, el rumano del pueblo. Y los oye gorjear como palomas. Nuestro cazurro sabe que no existe una cosa llamada Arte. Existe la flamenca con rebaba de plástico que le trajo su tía una vez que fue a Madrid, el botijo del abuelo Eustaquio y el cuadro ese de las liebres de la cocina. Pero una cosa es que existan esas cosas concretas y otra tomar a este señor por tonto y hacerle creer que existe el Arte. Cosa en la que toda la corte de locos de la feria sí cree, a pies juntillas, como que hay Dios: desde el comisario, al artista con bufanda, la señora del suplemento cultural o la profesora universitaria que da pábulo a tanta cascarria, sacando tajada, evidentemente, pero ninguno de los cuales sabe explicar. Nuestro cazurro no va a entrar al trapo, porque a él le enseñaron a tener las cosas aseás y no va a preguntar si «¿Eso es arte?» porque eso como aceptar el juego de un trilero. Entiende perfectamente que se trata de basura que hay que despejarla. Así que el pobre infeliz, sin saber la herejía que va a cometer, trata de coger la escoba de la instalación y con ella barrer la mugre. Pero entonces uno de los mercachifles sale de su éxtasis y gritando como un cochino el día de San Martín empieza a llamarle cafre, inculto, fascista y otras cosas que nuestro hombre no entiende. La cosa termina con dos zamarros de seguridad ahítos de clembuterol despachando de muy malos modos a nuestro bien amado cazurro.

¿Qué ha pasado para que se dé esta chifladura? ¿Cómo es que el mito de la cultura y el mito del arte nacieron como gemelos? Lo que ocurrió, y aquí conviene ponerse un momento serio para luego reírse con fundamento, es que a partir del siglo XVIII y especialmente del XIX en adelante, ciertas categorías técnicas efectivas —pintura, escultura, arquitectura, música, poesía—, una vez segregadas y más o menos independizadas de sus usos ceremoniales político-religiosos, se hipostasiaron. «A Rey muerto, Rey puesto» y «Quien se fue a Sevilla, perdió su silla» dice el refranero. Pues eso pasó: con la inversión teológica, esto es, cuando al Dios (católico, apostólico y romano, por supuesto), cansado de no poder existir, y toda su tramoya teológica los desalojaron de los centros de culto como a mendigos de un cajero por la noche, y aún con el asiento caliente, puesto que bajo ningún concepto iba a quedar vacante, pronto vinieron a okuparlo la Cultura y el Arte. En el lugar que ocupaba la Gracia, que elevaba a los hombres por encima de las bestias, ahora encontramos apoltronada a la Cultura (signifique lo que signifique, aunque ya avanzo: no significa nada, salvo un «¿Qué hay de lo mío?»). El espacio reservado a la Creación divina, ahora está okupado por el Arte  (signifique lo que signifique, aunque ya avanzo: no significa nada, salvo un «¿Qué hay de lo mío?») y los artistas. La Ekklesia, que fue el pueblo de Dios, pronto devino en la Nación, como pueblo de la Cultura, y el templo de la Iglesia, museos y centros de arte, donde la liturgia se sustituyó por toda suerte de performances, como los gritos mudos y cosas así. La Teología, que había sido la reina de las ciencias, ahora se convertía en Antropología y Humanidades y demás saberes sin chicha. Los días del Señor se transforman en días de cultura, museo, festival, bienal y temporada de abono. Y donde antes el pater levantaba la hostia, ahora el curador levanta la cartela y pasa el cepillo. Mutatis mutandis, amén.

¿Quién fue el hideputa que llevó a cabo esta trapacería? Evidentemente hay que ir a buscarlo donde viven los bellacos: es decir, gabachos y germanos. Sobre todo el romanticismo alemán, ahíto de herejes y pastores, y sus metástasis. Beatos como pocos y majaderos como nadie, esta panda se creía participar de un mismo númen trascendental llamado no ya «Dios», sino «Cultura» y «Arte» y poco después «Nación» y «Sangre y Tierra, mein Führer». Esta banda traspasó la Creación divina al artista; el genio ocupó el lugar del demiurgo; la obra pasó a manifestar el Absoluto y, como decíamos, el museo heredó la función de la Iglesia. Antes el pueblo llano iba al templo a venerar reliquias; hoy el graduado analfabeto en Humanidades, el cultureta de baja estofa y la turista nórdica roja como una gamba van a culturizarse al museo a fetichizar objetos o la ausencia de ellos con el mismo recogimiento y gozo con el que luego, después del botellón, gozan otro tipo de piezas.

Por eso los meapilas de la cultura —que son una especie sobre todo abundante en el muladar de la enseñanza, gestores culturales, juntapalabras que dicen ser poetas o escritores, directores de filmoteca y señoras bien, señoras fetén que dicen «emocionante» como quien dice «consagrado»— reaccionan con la misma cólera del inquisidor si alguien osa sugerir que la «Cultura» o el «Arte» son mitos o timos. Es decir, humo que no remite a nada sustantivo, aunque rebosen, como un urinario en Fallas o en San Fermines, contenidos aparentes. Si todo es Arte, nada lo es; y si «Arte» sirve tanto para crear como para destruir, para contemplar como para incendiar, para pintar un fresco y para romperlo con un mazo, quizá el problema no esté en la amplitud del concepto, sino en su completa vacuidad.

«Cultura» y «Arte», por tanto, son sacos ideológicos donde se arrojan cosas muy heterogéneas para conferirles dignidad suplementaria. El resultado es una oscuridad conceptual perfecta para la administración contemporánea: ministerios, consejerías, festivales, ferias, premios, centros de interpretación, fundaciones, becas, residencias artísticas y otros muladares donde medran, a falta de mejor pan, los profesionales de lo ajeno. Cuanto más confuso el mito, mejor funciona; cuanto menos se sepa de qué trata la cosa, más se puede vender. Y aquí entra, como quien no quiere la cosa pero queriendo muchísimo, personajillos como el rojo maricón de Eduardo Casanova, la besta de la cultura Irene Vallejo o el esperpento disfrazado de jienense decimonónico de David Uclés y demás ralea, manifestación ejemplar de a lo que lleva esta mitología.

En suma, amable lector: cuando escuche a alguien pronunciar con voz reverencial palabras como «Arte» o «Cultura», haga una pequeña prueba experimental. Pídale que defina exactamente qué significan. Observe entonces cómo vacila, cómo se le afloja la retórica y cómo el aura se evapora. Y todo queda en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada.


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