Adela Cortina tuvo la ocurrencia y fortuna de acuñar uno de esos neologismos que tanto menudean en el mercado de la cuestionable inteligencia académica: aporofobia (al que dedicó un libro y todo y que últimamente ha vuelto a aparecer en el debate público).

Este palabro, en principio, quería designar el rechazo al pobre, al desamparado, al que anda sin blanca y es, como se decía antes con admirable precisión castellana, pobre de solemnidad. La ocurrencia tiene algo de sustancia, la justa para un artículo de opinión en Lo País, porque no todos los extranjeros provocan idéntico respingo: al jeque que compra media Marbella nadie suele recibirlo con un «vete a tu país, moro», ni tampoco al turista alemán, rojo como una gamba por el Sol y azumbres de vino peleón que se mete entre pecho y espalda, se le manda a su salvaje país de origen. El problema empieza cuando aparece un fulano con una bolsa del Mercadona, tres euros en el bolsillo y ninguna intención conocida de comprar un ático.

Hasta ahí, bien. El lío comienza cuando el concepto, preñado de éxito, empieza a engordar como un puerco antes de la matanza y «pobre» deja de significar solamente quien carece de dinero, vivienda, alimento o trabajo para pasar a designar también a quien no posee algo valioso dentro de una relación: prestigio, votos, influencia, favores, reconocimiento, atractivo, contactos, etc. Tirando del hilo, es pobre el investigador al que no cita nadie porque su trabajo es una mierda, el político al que no vota ni su madre, el mozo al que no hace caso ninguna chica o viceversa, la chica a la que no le hace caso ningún mozo, y un larguísimo etcétera que uno aprende viendo Epi y Blas, en el capítulo de las distinciones: no es lo mismo A que B, no es lo mismo arriba que abajo, no es lo mismo alto que bajo, etc. Con el concepto, que sirve de sumidero de las diferencias, todos semos pobres, y no solo pobres, también y sobre todo vístimas. Una teoría magnífica: cuando explica también al tacaño del bar que no invita a una ronda después de haberse bebido por cuenta ajena hasta los ceniceros, empieza a no explicar nada.

El pobre universal. La dificultad es bastante sencilla. Todos carecemos de algo. Uno de dinero, otro de belleza, otro de talento, otro de amigos y alguno de vergüenza, que suele ser precisamente el que mejor prospera. Pero no es lo mismo no tener vivienda que no tener carisma, ni quedarse sin comer que quedarse sin pareja, ni ser insolvente que ser un pelmazo, ni ser un pobre de solemnidad que ser un tacaño de tomo y lomo. Si toda carencia relativa convierte a alguien en pobre, la palabra «pobreza» acaba significando «no tener todo cuanto uno quisiera tener», que es prácticamente la definición del género humano desde los bellos relatos míticos de Prometeo o Adán. La pobreza material resulta más seria porque afecta a bienes sin los cuales disminuye la capacidad efectiva de actuar de un ser humano: comer, vivir bajo techo, desplazarse, estudiar, recibir asistencia sanitaria, trabajar, etc. A uno que carece de estas cosas podemos llamarlo pobre; a uno que carece de gracia social podemos llamarlo soso, feo o muchas otras cosas que nada tiene que ver con la pobreza. El castellano tiene recursos de sobra y no hace falta echar a perder «pobre».

El «cerebro aporófobo». Cortina fundamenta su palabro en la neurociencia, que en ella es ciencia científica o palabra de Dios, aliño imprescindible para que toda majadería con aire de tesis parezca recién salida del acelerador de partículas. La explicación viene a ser que nuestros antepasados sobrevivieron cooperando, que la cooperación exigía reciprocidad, que aprendimos a desconfiar de quien recibe y no devuelve y que, por tanto, nuestros cerebros habrían desarrollado cierta inclinación a rechazar a quienes no pueden aportar nada por gorrones. De ahí la célebre sentencia cortiniana «nuestro cerebro es aporófobo». Suena de maravilla. El problema es que un jeta y un pobre no son la misma cosa. El jeta puede corresponder y no quiere; el pobre puede querer corresponder y no puede. El gorrón que nunca paga una ronda no ocupa la misma categoría que el anciano dependiente, el enfermo grave o un bebé de seis meses, aunque los cuatro presenten un balance económico poco halagüeño. Y, sin embargo, los humanos llevan milenios gastando comida, tiempo y sueño en criaturas que durante años no ofrecen a cambio ni conversación interesante. Los bebés son, desde el punto de vista de la reciprocidad inmediata, unos parásitos de solemnidad: comen, lloran, defecan y despiertan a sus benefactores de madrugada; pese a ello, los progenitores no suelen abandonarlos por falta de productividad. Algo parecido ocurre con ancianos, enfermos y dependientes. Habrá que concluir que la evolución humana produjo algo más que un contable cabreado dentro del cráneo.

La confusión decisiva está en pasar del tramposo al desgraciado como si fueran variantes del mismo bicho. Buena parte de la teoría evolutiva de la cooperación estudia al aprovechado, al que recibe, puede devolver y decide hacerse el sueco. Para ese individuo el castellano ya dispone de una terminología magnífica: jeta, gorrón, caradura, vividor, miserable, cicatero, aprovechado, piñas, parásito, rata, rácano, sinvergüenza, y un larguísimo etcétera. No «pobre». El que no puede devolver no está incumpliendo ninguna reciprocidad, del mismo modo que un niño no estafa a sus padres porque todavía no paga la hipoteca. Y si para salvar la teoría ampliamos «reciprocidad» hasta incluir cualquier beneficio imaginable —afecto, genes, cohesión grupal, satisfacción moral, esperanza futura, bienestar emocional, comodidad o frescura—, entonces todo termina siendo reciprocidad y la teoría adquiere la admirable propiedad de no poder equivocarse nunca porque ha dejado de decir algo preciso. Dar una moneda a un mendigo, criar un hijo, cuidar al abuelo y rescatar a un náufrago serían, al cabo, diversas inversiones de cartera.

El cerebro no rellena formularios. Hay además algo casi entrañable en el intento de Cortina, aunque no solo de ella, de buscar respaldo para su palabro en la neurociencia y explicar categorías políticas, como «pobre», «refugiado», «parado», «beneficiario de prestación» o «inmigrante irregular», saltando directamente al cerebro del Pleistoceno. El cerebro paleolítico, hasta donde sabemos, no rellenaba formularios, no cobraba IRPF, no gestionaba el Ingreso Mínimo Vital ni distinguía entre residencia legal y permiso de trabajo. Todas esas figuras existen dentro de instituciones históricas: Estados, mercados, empresas, familias, sistemas jurídicos, administraciones y fronteras. Una persona puede ser un tacaño redomado con el mendigo de la esquina y, al mismo tiempo, aceptar encantada pagar impuestos para financiar sanidad pública; puede no dar un euro a un desconocido y cuidar durante diez años a su padre enfermo. ¿Dónde está entonces la aporofobia? ¿En el lóbulo frontal, en Hacienda o en la sobremesa? ¿Dónde? Tampoco está claro que al pobre se lo rechace siempre porque «no tiene nada que ofrecer». A veces ocurre exactamente lo contrario: se lo explota porque tiene algo que ofrecer en condiciones ventajosas. El pobre puede vender barato su trabajo, su tiempo, su obediencia o su disponibilidad. El desesperado acepta salarios que otro rechazaría, el inmigrante irregular soporta horarios que un trabajador con alternativas mandaría a la mierda, como dijo Fernando Fernán Gómez, y el inquilino sin opciones aguanta al casero miserable. Aquí no hay expulsión, sino inclusión subordinada. Puede despreciarse al pobre como persona y adorarlo como mano de obra. La historia económica está llena de empresarios capaces de ser simultáneamente aporófobos, tacaños y miserables de alma sin que semejante riqueza moral entorpeciera el negocio.

Rechazar al pobre y rechazar la pobreza. Antes de seguir, y continuando con las enseñanzas elementales de Barrio Sésamo, conviene introducir una distinción que buena parte de la retórica sobre la aporofobia tiende a emborronar: una cosa es rechazar al pobre y otra muy distinta rechazar la pobreza. Despreciar, humillar o perjudicar a un sujeto porque carece de recursos es ética y moralmente objetable y, según lo que uno haga además de ser un miserable de alma, puede llegar también a constituir un ilícito; considerar indeseable la situación en que ese sujeto se encuentra es exactamente lo contrario. Al pobre de solemnidad no hay que echarlo de la plaza porque afee el paisaje, pero tampoco contemplar su pobreza como si fuese una forma especialmente auténtica y espiritual de existencia. Si un hombre duerme en un cajero, la solución no consiste en enseñarnos a admirar la diversidad de formas habitacionales, sino, si es posible, en conseguir que deje de dormir en un cajero, duerma en condiciones dignas y salga de la espiral que lo mantiene allí. La aporofobia convierte injustamente una carencia en motivo de desprecio hacia quien la padece; el vicio contrario consiste en convertir esa misma carencia en motivo de veneración.

Llamemos aporofilia, ya puestos a fabricar palabros, a ese amor no tanto por la pobreza misma —pocos abandonan voluntariamente la lavadora, la calefacción y una cuenta corriente saneada para alcanzar la pureza espiritual del recibo impagado— como por la figura del pobre: ese pobre imaginario, puro, auténtico, lleno de valores y depositario de una sabiduría que nosotros, pobres burgueses corrompidos por el lavavajillas, habríamos perdido. Este pobre resulta utilísimo. Sirve para sermones, campañas electorales, anuncios bancarios, fotografías de concejales con chaleco solidario y congresos sobre vulnerabilidad. Puede idealizárselo, paternalizarlo o utilizarlo como atrezo moral. La idealización supone que haber sufrido una injusticia concede una especie de plus de verdad; pero haber sufrido pobreza convierte a alguien en buen testigo de ciertas experiencias, no en santo, economista ni sabio por decreto. El pobre puede ser generoso o ruin, inteligente o botarate, honrado o jeta. La distribución de las virtudes morales, por fortuna, no sigue la declaración de la renta.

El paternalismo aparece cuando el pobre es maravilloso siempre que se comporte como esperamos del pobre: agradecido, dócil, consciente de las causas estructurales de su situación y partidario de las soluciones que sus benefactores han diseñado para él. Si discrepa, pasa con admirable rapidez de «colectivo vulnerable» a sujeto aquejado de «falsa conciencia» o, en versiones menos académicas, a «fachapobre». La instrumentalización culmina el proceso cuando el necesitado se convierte en espejo de la virtud ajena: él recibe una ayuda; el benefactor obtiene algo quizá más valioso, capital simbólico, certificado de buena persona y, si hay fotógrafo, prueba documental para las redes sociales. La desgracia ajena posee una rentabilidad moral nada desdeñable.

Llegamos entonces a una pregunta que quizá convendría haber formulado antes de levantar tanta quincalla neologística: ¿es bueno ser pobre? No. Si «pobreza» significa carecer involuntariamente de alimento, vivienda, calefacción, medicamentos o recursos suficientes para llevar una vida mínimamente autónoma, la pobreza es mala. Esto no significa que el pobre sea malo, del mismo modo que la ceguera es mala sin que el ciego sea malo o que un cáncer sea malo sin que quien lo padece lo sea. Respetar al pobre no obliga a declarar admirable aquello que lo jode. Entre el «qué asco de pobre» y el «qué hermoso es el pobre» hay una posición bastante más sensata y, sobre todo, bastante menos imbécil: «qué mierda es ser pobre; veamos cómo puede dejar de serlo».

Democracia, faltaría más. El subtítulo del libro de Cortina presenta la aporofobia como «un desafío para la democracia» y termina confiando una parte de su remedio a más educación e instituciones democráticas. Naturalmente. Dicho así, la receta tiene algo de combatir el cáncer de colon con más visitas al Prado: puede ser estupendo por muchos motivos, pero todavía queda por explicar qué demonios cura exactamente. Vamos, que es un non sequitur de toda la vida, pero queda bien. «Democrático» pertenece hoy a esa familia de adjetivos honoríficos que mejoran cualquier sustantivo: educación democrática, empresa democrática, ciencia democrática, familia democrática, urbanismo democrático, sí bemol democrático, alcantarilla democrática, diente de ajo democrático, pelo del culo democrático, etc. Más allá del chascarrillo, la pobreza no es una peculiaridad de las democracias ni desaparece cambiando de régimen político. Si impide votar, ejercer derechos o participar políticamente, habrá un problema democrático determinado. Si a un pobre le parten la cara, tenemos antes que nada una agresión; si lo explotan laboralmente, un problema laboral y económico. No hace falta convocar a la Democracia con mayúscula cada vez que un cabrón hace una cabronada.

En resumidas cuentas. La aporofobia sirve para nombrar un fenómeno real pero muy acotado: el desprecio o la discriminación dirigidos contra alguien por ser pobre. El problema aparece cuando el término pretende explicar simultáneamente pobreza, exclusión, cooperación evolutiva, neurobiología, ética y moral, democracia y, ya puestos, política migratoria y hasta los viajes a la Luna. Entonces empieza a parecerse al bálsamo de Fierabrás. No toda carencia es pobreza, no toda exclusión es aporofobia, no todo pobre carece de algo que ofrecer y no todo sujeto que no ofrece nada es pobre ni todo defensor profesional de los pobres los beneficia: algunos viven estupendamente hablando en su nombre.

El pobre no necesita que lo despreciemos, pero tampoco que lo beatifiquemos ni que lo convirtamos en personaje secundario de la autobiografía moral de quien ha decidido salvarlo. Rechazar al pobre por ser pobre es una actitud miserable; rechazar la pobreza porque empobrece, limita y jode la vida de quien la padece es perfectamente sensato y, en muchas ocasiones, ética y moralmente obligatorio. Confundir ambas cosas quizá permita fabricar una bonita superioridad moral, pero no ha sacado todavía a nadie de la miseria. Si la pobreza material es mala porque reduce las posibilidades reales de vivir, trabajar, estudiar, desplazarse y decidir sobre la propia existencia, el objetivo razonable resulta bastante menos sublime que toda esta liturgia. No odiar al pobre está bien. No utilizarlo para sentirse virtuoso, mejor todavía. Conviene recordar, además, que «aporofobia» explica bastante menos de lo que a veces se pretende. Convertida en categoría universal para interpretar cualquier rechazo, exclusión o conflicto, deja de aclarar la realidad y empieza a taparla. Hay fenómenos políticos, jurídicos, económicos o institucionales que no se comprenden mejor llamándolos «fobia» a algo: simplemente se comprenden peor.


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