Hay palabras cuyo prestigio procede de que prometen conservar intactas nuestras ilusiones. Esperanza, autenticidad, felicidad y otras de ese campo semántico. Desengaño, en cambio, pertenece a la familia contraria. No promete nada. Llega tarde, a veces muy tarde, cuando la fiesta ha terminado, las luces empiezan a apagarse y sobre las mesas quedan las copas vacías, los ceniceros llenos y algunas conversaciones que, vistas con la claridad fría de la mañana, quizá no eran tan memorables como parecían ni habían agotado el tema de la vida.
Se confunde el desengaño con la amargura, el desencanto, la decepción, el cinismo o el simple envejecimiento del ánimo y del carácter. El desengañado sería quien ha dejado de creer porque la vida le ha ido quitando, una detrás de otra, todas las razones para hacerlo. Pero no. El desengaño es otra cosa.
Desengañarse no consiste en descubrir que todo es falso, malo, torticero o interesado. Consiste en corregir la distancia entre aquello que una cosa parecía ser y aquello que, después de alguna experiencia y crítica, podemos determinar que efectivamente es. No elimina las apariencias ni concede acceso a una realidad desnuda situada detrás de ellas. Enseña, más modestamente, a no confundir unas cosas con otras. Gracián lo expresó con una imagen que podría servir de emblema: el Engaño se encuentra en la entrada del mundo y el Desengaño a la salida.
El hombre comienza viviendo sin conocimiento suficiente de aquello en lo que acaba de entrar y solo después, cuando ha acumulado experiencia, advierte cuántas cosas tomó por lo que no eran. La desgracia, naturalmente, consiste en que cuando uno empieza a entender el juego ya lleva más de media partida jugada, si es que no se está acabando.
El Engaño a la entrada. No hace falta imaginar un gran embustero universal, al modo de un hiperbólico Genio Maligno. El engaño no necesita siempre un engañador. Entramos en el mundo recibiendo de otros nombres, lengua, tradiciones, mapas, valores, clasificaciones, expectativas, coordenadas, promesas y prioridades. Utilizamos esos mapas para establecer qué merece admiración, qué cosas son importantes y cuáles no, quién sabe y quién no, qué cabe esperar del amor, del trabajo, de la política, de los padres, de los maestros y, por supuesto, de nosotros mismos. Nada de esto podría ser de otro modo. Nadie comienza examinando críticamente el lenguaje con el que aprende a hablar ni exige garantías epistemológicas antes de confiar en quienes lo cuidan. La experiencia llega después.
El niño supone que los adultos saben lo que hacen. El adolescente cree que hay algo especial en él y para él, y que la intensidad de un sentimiento prueba su duración. El joven puede imaginar que los títulos acreditan lo que dicen; el ciudadano, que las instituciones realizan exactamente las finalidades que proclaman; el trabajador, que el mérito encontrará tarde o temprano su recompensa. Algunas de estas expectativas se cumplirán. Otras muchas, no. Pero antes de poder someterlas a examen ya hemos tenido que vivir desde ellas.
La confianza en las apariencias forma así parte de nuestra instalación inicial en el mundo. No porque todo sea mentira, sino porque el mundo se nos ofrece siempre bajo alguna figura. El problema es tomar una apariencia parcial por la figura completa de la cosa.
El mundo por de dentro. Con los clásicos barrocos podríamos representar al Desengaño como un viejo que conduce a un joven enérgico por la calle de la Hipocresía y va mostrándole la otra cara de aquello que inicialmente contempla con admiración. Es el mecanismo que Quevedo emplea en El mundo por de dentro: primero aparece la figura decorosa; después, el Desengaño obliga a mirar el entramado de operaciones, intereses y miserias que la sostiene.
La imagen es poderosa, pero conviene no manosearla mucho. Desengañarse no significa arrancar un velo y encontrar detrás la verdadera realidad, limpia ya de toda apariencia. Las apariencias también son reales. Un prestigio, un título, una ceremonia o una reputación producen efectos efectivos aunque no respondan enteramente a aquello que prometen representar. El engaño surge cuando les concedemos un alcance que no tienen.
A quien descubre que alguien muy querido y admirado también puede ser vanidoso, envidioso o ruin se le abren, entre otras, dos posibilidades igualmente infantiles. La primera consiste en negarlo porque alguien a quien se quiere o admira no puede ser así. La segunda, en concluir que siempre fue un fraude. Ambas necesitan que la persona sea absolutamente una cosa o absolutamente la contraria. El desengaño, en cambio, resulta de una operación más delicada. Una realidad puede resplandecer desde una perspectiva y, al mismo tiempo, mostrar un reverso mediocre o falaz. Un hombre puede haber escrito páginas excelentes y ser insoportable; acertar en asuntos fundamentales y equivocarse estrepitosamente en otros; haber hecho mucho bien y no por ello quedar dispensado de sus miserias. Desengañarse consiste muchas veces en perder una totalidad imaginaria y ganar espesor de conexiones y matices reales.
La decepción y el desengaño. Conviene por ello distinguir. La decepción aparece cuando algo esperado no ocurre. Esperábamos fidelidad y hubo traición; esperábamos el éxito y llegó el fracaso; deseábamos una transformación y apareció otra cosa. La decepción mide la distancia entre una expectativa y aquello que efectivamente sucede.
El desengaño comienza cuando comprendemos algo acerca de esa distancia. Supusimos en nosotros mismos fidelidad y devolvimos traición. Creímos que una idea era correcta y su realización resultó desastrosa. Pensamos que alguien podía darnos aquello que nunca estuvo en condiciones de dar. En el desengaño se añade un poso de inteligencia a la pérdida.
Por eso puede haber decepción sin desengaño. Hay quien tropieza veinte veces con la misma piedra y conserva intacto el itinerario que lo conduce nuevamente hasta ella. Cambia de zapatos, de hora, de día o de compañero de viaje y atribuye cada desastre a una excepción particularmente desafortunada. La estructura de la expectativa permanece indemne y busca simplemente un nuevo objeto sobre el que depositarse.
También puede haber desengaños sin grandes desgarros. Uno descubre que cierto restaurante famoso era simplemente caro; que una teoría prometía explicar mucho más de lo que explica; que un escritor venerado produjo también bastante morralla. Se pierde una ilusión de intensidad moderada y se gana una clasificación algo más exacta. La vida proporciona generosamente ambos géneros.
El cínico, ese gran crédulo. El desengaño tiene un imitador especialmente satisfecho de sí mismo: el cinismo. El cínico cree haber aprendido el secreto del mundo. Todos roban. Toda amistad es interés. Todo amor es cálculo. Toda institución protege únicamente a quienes viven de ella. Nadie da nada gratis. Detrás de cualquier virtud hay vanidad, detrás de cualquier ideal una voluntad de poder y detrás de cualquier gesto generoso alguna forma de egoísmo convenientemente disfrazada.
Parece una mirada penetrante porque siempre descubre algo situado «debajo» de las apariencias. En realidad, es una metafísica extraordinariamente económica: todo se explica siempre por lo mismo.
Si el ingenuo cree que las cosas son lo que parecen, el cínico cree que nunca lo son y que, una vez arrancada la máscara, siempre aparece debajo la misma cara. Ambos se ahorran el trabajo de distinguir.
De ahí que el verdadero desengaño no consista en adoptar sistemáticamente la interpretación más baja. Saber que existen hipócritas no convierte toda virtud en hipocresía; haber conocido corruptos no demuestra que todo sea corrupción; descubrir que el amor contiene deseo, dependencia, costumbre y conflicto no demuestra que «en realidad» no sea más que interés.
El cínico es un ingenuo que ha cambiado de signo. Antes creía demasiado. Ahora sigue creyendo con la misma intensidad en su descreencia. El desengaño, por el contrario, no obliga a dejar de admirar; obliga, cuando corresponde, a dejar de adorar.
La luz y el desengaño. Nuestra tradición ha utilizado con frecuencia una gran metáfora del conocimiento y de la verdad: la luz. Ilustrar es iluminar, disipar las tinieblas, combatir la superstición y permitir que las cosas sean finalmente vistas. Hay una grandeza evidente en esa figura. Sin conocimiento no existe siquiera la posibilidad de advertir muchos de nuestros engaños.
El Barroco, sin embargo, entrevió una fisura: también podemos engañarnos a plena luz. No toda apariencia procede de la ignorancia. Algunas son producidas por conocimientos, lenguajes e instituciones muy elaborados. Podemos saber mucho y equivocarnos con gran refinamiento.
La luz es condición del ver; el desengaño recuerda que ver no basta. Siempre vemos algo bajo una forma determinada. No podemos aspirar a una mirada virginal, libre de toda perspectiva, pero sí aprender a comparar perspectivas, reconocer límites, distinguir apariencias y comprobar qué resiste cuando nuestros primeros esquemas dejan de funcionar.
Aquí desengaño y crítica se abrazan. La crítica criba: separa, clasifica y confronta desde criterios. El desengaño aparece cuando esa criba obliga a rehacer la figura bajo la que comprendíamos una cosa. Criticar no garantiza desengañarse; podemos criticar desde malos criterios y salir del proceso todavía más engañados. Pero no hay desengaño propiamente dicho sin alguna discriminación. Por eso el desengaño no es simplemente una emoción triste.
Es también una adquisición de forma.
El precio de ver mejor. Desengañarse cuesta porque no todas las ilusiones son adornos superfluos. Algunas sostienen proyectos, relaciones, admiraciones e identidades. Podemos vivir durante años suponiendo que una amistad es de cierta naturaleza, que una institución merece una confianza especial, que nuestra profesión tendrá determinado sentido o que un proyecto colectivo conduce hacia cierto futuro. Cuando esas construcciones se rompen no desaparece solamente una creencia falsa. Desaparece también una parte del mundo dentro del cual sabíamos movernos. El desengaño deja a veces un hueco; otras, un abismo.
Hay verdades que primero no liberan, sino que dejan a la intemperie. Y ciertas adquisiciones resultan irreversibles de una manera peculiar: una vez que hemos visto el reverso de algunas cosas, ya no podemos volver a contemplarlas exactamente como antes. Podemos fingir, guardar nostalgia, incluso desear recuperar la antigua confianza. Pero no podemos obligarnos sinceramente a creer aquello cuya falsedad hemos comprendido.
El adulto puede recordar la seguridad con que de niño suponía que sus padres sabían exactamente qué hacer ante cualquier peligro; no puede recuperar voluntariamente aquella certeza después de descubrir que ellos también improvisaban.
El desengaño necesita por ello tiempo, experiencia y, con frecuencia, escarmiento. Quisiéramos poseerlo al principio, cuando todavía podría evitarnos errores, pero para adquirirlo necesitamos haber vivido lo suficiente como para descubrir qué parte de nuestras expectativas resistía y cuál no. La experiencia ajena puede ahorrar alguna herida. Pero no todas.
Desengañarse no consiste, entonces, en descubrir una realidad desnuda detrás de las apariencias, sino en corregir la medida de aquello que habíamos confundido con la realidad entera. No equivale a decepcionarse, desconfiar de todo ni adoptar sistemáticamente la interpretación más sombría. El desengaño no devuelve la inocencia: permite, cuando acierta, distinguir mejor.
Desengaño del desengaño. Pero conviene introducir aquí un último desengaño acerca del propio desengaño. Nadie está «desengañado» en general. El desengaño tiene focos, grados e intensidades. Podemos haber aprendido mucho acerca de la política y conservar una ingenuidad extraordinaria en el amor; conocer bien las miserias de la universidad y seguir idealizando nuestra profesión; haber desmontado media docena de mitologías colectivas y mantener intacta una representación fantástica de nosotros mismos. Incluso allí donde creemos haber visto con claridad podemos haber corregido una apariencia para quedar prendidos de otra más sutil.
No existe, por tanto, una estación terminal desde la cual el hombre contemple, definitivamente limpio de engaños, las ilusiones propias y ajenas. Nos desengañamos desde esquemas que también pueden necesitar su propio desengaño. Una explicación que hoy aclara puede mañana convertirse en simplificación; una distinción que nos libera de una confusión puede ocultar otras que todavía no sabemos reconocer. El desengaño es una operación recurrente de corrección.
De ahí que resulte sospechoso quien presume de haberlo visto todo. Muchas veces no ha visto más: simplemente ha encontrado una fórmula lo bastante sencilla para dejar de mirar. El cínico lo resuelve afirmando que todo es interés; el ideólogo, que todo obedece a la estructura que su doctrina ya conoce; el resabiado, que «la vida es así».
El verdadero desengaño conserva precisamente la posibilidad de volver a desengañarse. No consiste en ir vaciando el mundo de ilusiones hasta dejarlo convertido en un páramo definitivamente transparente. No, no deja el mundo vacío: corrige, una y otra vez, la medida de las cosas de este mundo.
