Voy a hacer una apuesta, y puede que me equivoque. Pedro Sánchez no necesitaba ganar las votaciones de los decretos de vivienda, el paquete conocido como decreto Maricarmen. Más aún: sospecho que su rechazo podía resultarle políticamente mucho más rentable que su aprobación. Por eso, convocará elecciones la semana que viene. Esa es la apuesta. Si la pierdo, querido lector, le invito a unos huevos fritos.

Después de observar durante varios años la manera de desenvolverse de nuestro querido, docto y guapísimo Presidente, creo que puede colegirse un rasgo bastante constante: posee una más que notable capacidad para reorganizar situaciones adversas de modo que la discusión deje de versar sobre el problema inicial y pase a versar sobre la posición de sus adversarios ante él. Y esta situación le beneficia electoralmente. Es la ventana de oportunidad que esperaba. Y, por eso, convocará elecciones.

El modo de gestionar el episodio de Maricarmen ofrece un ejemplo muy ilustrativo de este modus operandi. Su desahucio ha desencadenado movilizaciones en toda España y una pintoresca acampada en la Puerta del Sol que ha convertido un problema crónico en una urgencia política inmediata cuyo objetivo no es resolverla, sino generar una situación favorable a nuestro ínclito Presidente. Seis días después, el Gobierno aprobaba dos reales decretos-leyes. De pronto, la vivienda desplazaba del centro de la conversación pública otros asuntos incomodísimos para nuestro querido Ejecutivo (tan incómodos que, en otros países, solo uno de ellos habría bastado para derribar un Gobierno) y ofrecía un terreno político nuevo en el que podía intentar pasar de acusado a acusador y encuentra una ventana de oportunidad. El problema no ha nacido esta semana, pero esta semana permite reorganizarlo políticamente. Y convocar elecciones. No se trata de solucionar el problema, sino de sacar rédito de él.

Conviene, además, leer los decretos, porque eran bastante más extraños que el sencillo relato de «Hemos actuado y no nos han dejado». Eran contradictorios entre sí y de haber prosperado dejaba el marrón que pudieran generar a las Comunidades Autónomas. Han aprendido después de la ley Solo sí es sí. Hay además una curiosidad temporal. La urgencia política se contaba por días, pero algunas medidas extendían sus efectos hasta el 31 de diciembre de 2030. En caso de perder las elecciones de 2027, la campaña de 2030 ya tenía una parte construida con frutos de la discordia recogidos.

Sospecho que al Gobierno aprobar los decretos podía generarle también un soberano quebradero de cabeza. Una vez convalidados ya no basta con exhibirlos. Hay que coordinarlos, aplicarlos, financiar obligaciones, negociar con otras administraciones, gestionar sus efectos sobre propietarios e inquilinos y, sobre todo, responder por sus resultados. Su rechazo simplifica brutalmente el escenario. Hasta entonces podía preguntarse: «¿Cómo hemos llegado a esta situación con la vivienda después de tantos años, teniendo en cuenta que tenemos el Gobierno más progresista de la Historia?». Después de la votación aparecía otra pregunta mucho más manejable y rentable para el Doctor Sánchez: «¿Quién ha votado contra las medidas?». La primera obliga a hablar de suelo, construcción masiva de viviendas, parque público, alquileres, fiscalidad, regulación, competencias y resultados. La segunda cabe en una pancarta. Por eso afirmo que el fracaso de los decretos es mucho más rentable políticamente que su aprobación. La derrota ofrece ventajas políticas que la aprobación no ofrece, mientras que la aprobación incorpora costes de gestión que la derrota elimina. Si los decretos salían adelante, el Gobierno tendría que demostrar que servían. Si caían, podía afirmar que había intentado actuar y señalar inmediatamente a quienes se lo habían impedido. Y ese es el terreno propicio para convocar elecciones y que el personal se olvide de las cloacas y Leyre, Ceuta, el hermanísimo, Begoña, Zapatero y la corrupción del Gobierno y del Partido y un larguísimo etcétera. La vivienda sigue sin resolverse (y de la que este Gobierno, tras ocho años, es el principal responsable), pero la responsabilidad política inmediata cambia de sitio.

Aquí conviene distinguir gobernar un problema de gobernar partidistamente sus efectos. Gobernar la vivienda significa intervenir sobre realidades bastante recalcitrantes: liberalización del suelo, construcción de un parque público de unas 800.000 viviendas, urbanismo, financiación, fiscalidad. Todo ello requiere tiempo. Mucho tiempo y compromisos que van más allá de 2 o 3 legislaturas. Gobernar partidistamente los efectos de este problema consiste en determinar qué acontecimiento representa el problema, qué escala temporal se utiliza, quién comparece como responsable y alrededor de qué oposición se organiza la discusión pública. Puede administrarse de manera discutible una realidad durante años y administrarse después con mucha mayor destreza la distribución de responsabilidades cuando esa realidad estalla. Por eso quizá convenga mirar a Pedro Sánchez menos como a un ajedrecista que lo ha previsto todo que como a un depredador político de oportunidades. Su habilidad consiste en propiciar la ocasión y apropiarse de ella.

Había pensado titular esta pieza «La fortuna de un político sin virtù», pero sería injusto con Maquiavelo. La virtù, en este sentido, consiste precisamente en habérselas con la fortuna, adaptarse a la coyuntura y convertirla en materia de acción. El pero, es que, en el Maquiavelo republicano, la virtù está al servicio de la cosa pública, no del príncipe. La fortuna proporciona un desahucio, una movilización, una acampada, una crisis súbita y, finalmente, una derrota parlamentaria. La virtù en Sánchez consiste en conseguir que, al terminar la semana, buena parte de las explicaciones tengan que darlas otros.

Puede que me equivoque. Pero después de varios años observando a Pedro Sánchez, es muy conveniente cambiar, como se dice ahora, el mindset desde el que se interpreta su manera de actuar, porque es completamente antiintuitiva, pero una vez le coges el tranquillo, es transparente. Al modo de actuar político de nuestro ínclito y guapo Presidente solo le interesa nuestro ínclito y guapo Presidente. Para comprender su política no hay que escuchar demasiado aquello que declara querer conseguir y fijarse más en la posición y el rédito que obtiene cuando las cosas no salen como, supuestamente, quería. Hechos son amores y no buenas razones, que dice el refrán.

HVR

03/10/2026


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