Donde se trata de cómo una categoría histórica terminó convertida en insulto y del deseo de fascismo de ciertos asustaviejas.
Puesto que el término «fascismo» menudea tanto en el debate público contemporáneo, convendría detenerse un poco a examinar qué fue exactamente aquello.
El fascismo fue un movimiento político surgido en Italia en 1919, que llegó al Gobierno en 1922, instauró una dictadura entre 1925 y 1926 y terminó derrotado definitivamente en 1945. Fue una ideología moderna, revolucionaria, nacionalista, antiliberal y antimarxista, organizada mediante un partido-milicia y dotada de una concepción totalitaria del Estado. Su proyecto consistía en destruir el orden liberal y levantar sobre sus ruinas una nueva civilización. Su Estado corporativo aspiraba a superar la lucha de clases mediante su integración forzosa en organismos subordinados al poder político, sin abolir la propiedad privada. Su nacionalismo era expansivo, imperialista y belicista. Su política, una religión secular con sus mitos, ceremonias y liturgias. Y su horizonte antropológico, la fabricación de un hombre nuevo, disciplinado, viril, militante y consagrado a la nación. No bastaba con gobernar a las masas: había que organizarlas, movilizarlas y transformar sus costumbres desde la infancia.
La estética desempeñó en esta empresa un papel fundamental. Uniformes, estandartes, desfiles, himnos, monumentos, concentraciones multitudinarias y una arquitectura que combinaba la evocación de Roma con las formas del racionalismo moderno. No eran simples adornos propagandísticos, sino instrumentos para producir adhesión, disciplinar los cuerpos y convertir a la multitud en representación sensible de la unidad nacional. La escenografía del poder era también una forma de ejercerlo. El fascismo comprendió que las masas se movilizan mediante intereses e ideas, pero también mediante imágenes, ceremonias, emociones y promesas de grandeza.
Esta caracterización, que debe mucho a las investigaciones de Emilio Gentile, permite desmontar algunos tópicos resistentes. El fascismo no fue una simple reacción conservadora, una defensa de las tradiciones frente a la modernidad ni un capitalismo particularmente malhumorado. Sus orígenes reunieron elementos del socialismo, del sindicalismo revolucionario, del nacionalismo radical, del militarismo y de las vanguardias culturales, junto con una concepción regeneracionista de la política. Combatió al marxismo y al liberalismo y se sirvió de las élites económicas, militares y monárquicas para conquistar y consolidar el poder. Tampoco fue una mera dictadura militar, un nacionalismo exaltado o un autoritarismo cualquiera: fue una doctrina y una práctica política reconocibles por sus instituciones, objetivos y operaciones. Quien desee conocer cómo se constituyó efectivamente puede acudir a Gentile o al formidable ciclo novelístico M, de Antonio Scurati, que reconstruye literariamente el itinerario de Mussolini y del fascismo desde su ascenso hasta su caída. Pero semejantes lecturas exigen tiempo, paciencia y cierta disposición a distinguir. Resulta mucho más cómodo descubrir fascistas debajo de cada piedra.
A fuerza de llamar «fascista» o «fascista de mierda» a todo aquel que se sale del catecismo, semejante costumbre ha encontrado su réplica polar al otro lado de la trinchera en el vergonzante «Pedro Sánchez, hijo de puta». Dos improperios convertidos en divisas de una polarización política en la que cada bando devuelve al contrario sus propias groserías. Con una diferencia nada desdeñable: quien grita «Pedro Sánchez, hijo de puta» sabe que está insultando; quien llama «fascista» al vecino porque le viene en gana pretende, además, impartir una lección de historia, defender la democracia y salvar a la humanidad. El primero se ahorra las ínfulas historiográficas; el segundo necesita revestir su mala leche de virtud política.
Esta elasticidad permite llamar fascista al conservador, al liberal, al nacionalista, al partidario de restringir la inmigración, al medio pensionista y, llegado el caso, a quien protesta por semejante majadería. La categoría se estira hasta abarcar cuanto desagrada al denunciante, en una ejemplar sustitución del conocimiento histórico por analogías arbitrarias y fantasías sobre un fascismo eterno, siempre dispuesto a regresar. Nuestros cazafantasmas han perfeccionado el método: anuncian periódicamente la resurrección de Mussolini y, cuando el Duce no comparece, descubren que se había disfrazado de cualquier cosa, pero siempre mucho y muy facha.
En semejante historiografía de ultratumba, una eventual victoria electoral de los partidos de derecha es, porque no puede ser de otra manera, el retorno absoluto del absoluto y eterno fascismo, que nunca se ha ido. Pero en este trazo de brocha gorda se olvidan la Primera Guerra Mundial, el escuadrismo, la Marcha sobre Roma, la intervención de la Corona, la destrucción de las instituciones parlamentarias y el partido único. Al parecer, todo eso son minucias y detalles tontos frente a la espantosa posibilidad de que las urnas arrojen un resultado distinto del deseado. El fascismo acaba convertido en el nombre solemne de una derrota electoral propia. Mucha historiografía de pacotilla y poca vergüenza.
Tampoco faltan quienes pretenden explicar el voto de millones de ciudadanos apelando a una suerte de «deseo de fascismo», como si conociesen los impulsos íntimos de quienes jamás han tratado. Los electores ya no discrepan porque tengan intereses, proyectos o convicciones diferentes, sino porque estarían dominados por el miedo, el odio, el resentimiento o cualquier otra pasión diagnosticada desde la superioridad moral del observador. La racionalidad parece ser patrimonio exclusivo de quienes votan correctamente. Los demás no razonan: desean, y desean mal, claro está. Y allí está nuestro psicólogo de multitudes, dispuesto a explicarles lo que quieren, lo que sienten y hasta lo que ignoran que desean. Singular manera de defender la democracia: el pueblo es soberano, pero necesita que ciertos sabihondos interpreten su inconsciente cuando vota como no debe.
Quizá merezca mayor atención un fenómeno inverso: el deseo de fascismo del autodenominado antifascismo. No como inclinación secreta de nuestros inquisidores, sino como operación política reconocible: la necesidad de encontrar fascistas por todas partes, de disponer de un enemigo absoluto que justifique la propia identidad y dispense de examinar los asuntos concretos. Se desea al fascista como el exorcista necesita al demonio: sin él, se acaba el espectáculo. Como decía Amaral: «Sin ti no soy nada».
Cuando no aparece un adversario que reúna las determinaciones históricas del fascismo, se ensancha la categoría hasta encontrar alguno. El enemigo proporciona cohesión, prestigio moral y una causa permanente. Sin fascistas a los que perseguir, nuestros asustaviejas, Pedros sin lobo pero deseosos de que aparezca, tendrían que ocuparse de presupuestos, impuestos, vivienda, educación y otras vulgaridades de la política efectiva. Menudo quebradero de cabeza para quienes han hecho del espantajo su oficio.
Aquí aparece la paradoja del antifascista en ausencia de fascismo. Cuanto menos fascismo encuentra en la realidad, más necesita ensanchar la categoría para conservar la razón de ser de su militancia. La falta de fascismo no refuta la alarma: la confirma. Si no se ve, es porque ya se ha infiltrado en todas partes.
No está de más recordar que el antifascismo histórico reunió a liberales, socialistas, comunistas y anarquistas con proyectos profundamente incompatibles. Algunos defendían las libertades parlamentarias; otros aspiraban a instaurar dictaduras revolucionarias. Ser antifascista jamás ha garantizado ser demócrata. La propia Internacional Comunista calificó de «socialfascistas» a los socialdemócratas durante el llamado Tercer Período, mientras el nacionalsocialismo avanzaba hacia el poder en Alemania. Hubo, pues, comunistas dedicados a descubrir fascistas entre otros adversarios del fascismo. La acusación servía también para ajustar cuentas con los competidores. La afición a repartir certificados de respetabilidad democrática tiene una genealogía bastante menos gloriosa de lo que imaginan algunos de sus actuales expendedores.
Tampoco deja de tener su guasa que ciertas formas de antifascismo reproduzcan algunas operaciones características de las religiones políticas modernas, entre ellas el propio fascismo histórico: la construcción de enemigos absolutos, la sacralización de la política, la movilización moral permanente y la pretensión de transformar integralmente al individuo. Ahí tenemos la fiscalización del lenguaje, la vigilancia de las costumbres y los proyectos de regeneración antropológica mediante nuevas subjetividades, nuevas masculinidades y nuevas sensibilidades. Promover otros modelos de convivencia es una cosa; pretender imponer una ortodoxia acerca de cómo deben pensar, sentir y comportarse los individuos es otra. Estas semejanzas no convierten en idénticas doctrinas diferentes, pero tampoco la etiqueta «antifascista» confiere virtudes democráticas a cualquier procedimiento. Más de un celador de las conciencias ajenas haría bien en estudiar las ambiciones de aquellos a quienes asegura combatir. No vaya a ser que, de tanto perseguir al fascista, termine tropezándose consigo mismo.
El uso inflacionario del fascismo tiene, sin embargo, una consecuencia que sus propagadores parecen no haber previsto: la devaluación de su propia moneda. A fuerza de aplicar el término a todo hijo de vecino, han gastado el improperio hasta dejarlo sin filo. Cuando la misma palabra sirve para designar al militante de un partido totalitario, al conservador, al liberal y a cualquiera que no comulgue con las últimas ocurrencias ideológicas, termina por no designar nada reconocible. Se ha insultado tanto, con tanta alegría y tan poco fundamento, que la acusación ya no amedrenta: más bien mueve a risa. No porque el fascismo histórico sea cosa de chanza, sino porque el inquisidor que encuentra herejes a cada paso acaba haciendo el ridículo. Tanto repartir sambenitos para conseguir que, donde antes se esperaba un sobresalto, ahora se escuche una carcajada.
No hay razón para comparecer de rodillas ante el primer zascandil que se arrogue el derecho de distribuir absoluciones y condenas. Quien sostenga que alguien es fascista o que, como el milenarismo, «el fascismo va a llegarrrr», tendrá que demostrarlo mediante criterios históricos y políticos reconocibles. Y quien simplemente quiera llamar «hijo de puta», que es lo que realmente ha pasado a significar «fascista», que se deje de aspavientos y tenga la gallardía de hablar en román paladino.
