Tristemente célebre pintamonas, calamidad humana y digno representante de la inmundicia en la que se ha convertido la pintura a partir del siglo XX.
Malagueño de cuna con aires de grandeza, aunque su estampa no pasaba de la de un chatarrero (con perdón de este noble gremio), con todo lo peor y más vomitivo del amaneramiento afrancesado (de casta le viene al galgo).
No se puede negar que si como pintor Picasso fue una abyección, no dejó de ser un genio, pues convirtió el mercadeo de la cochambre y de la bazofia sobre lienzo, parecidos a los restregones que se quedan en el inodoro al usarlo, en un negocio multimillonario. Y es que, aunque parezca propio de la ficción, existen mayúsculos botarates que gastan y gastaron ingentes cantidades de dinero en comprar los excrementos sobre lienzo que este abyecto paranoico pintó.
Como persona (aunque esta categoría no aplica a este súcubo), fue de lo más ruin y miserable que ha hollado la Tierra, como tantos otros intelectuales y artistas de su jaez. No hubo faceta de su biografía que no estuviera manchada de miseria, pero donde más sobresalió fue con las mujeres, a las que trató como materia prima de su sadismo.
Este buitre hizo carroña del amor que muchas desdichadas profesaron por él. Y lo demostró en sus cuadros: retratos de mozas deformadas, con el cuerpo y el rostro furiosamente ultrajados, tratadas como reses de los que manan lagrimones como guijarros. Es la pintura propia de una hiena cruel que se regodeó y encarnizó con cuanta pobre infeliz se le cruzó por el camino y a la que sometió a las sevicias físicas y morales más miserables. Y el hideputa no solo hizo exhibicionismo orgulloso de sus felonías, sino que además le siguen aplaudiendo como focas.
Carl Jung, de locos va la cosa, quiso reconocer en las pinturas de este malandrín los rasgos típicos del esquizoide que expresa en el lienzo el infierno que habita su alma. Pero se equivocó, evidentemente. Porque Picasso no era un desdichado enfermo mental, sino que padecía cáncer de alma, un alma con insanas tendencias por la fealdad, por la monstruosidad y por lo grotesco. Por eso, cuando este malnacido se daba de bruces con cualquier mínimo destello de belleza, justicia, armonía o bondad, como no podía soportarlas, tenía que defecar sobre ellas, mancillarlas y sumergirlas en esa ponzoña oscura con olor a urinario o matadero sucio que fue su arte.
Cualquier que no tenga la mirada velada por la ideología de esa superchería llamada arte moderno –una de las últimas expresiones de la ancestral nigromancia– puede ver con sus propios ojos que todo en el arte de este pintamonas es gélido y tóxico, como si se hubiese desatado la peste bubónica por el orbe todo y ya nada, nunca, pudiese volver a florecer. Cualquier que se plante delante de una de sus excreciones puede comprobar que todo sobre cuanto posaba su mirada de gorgona lo envilecía y corrompía. Su arte ha consistido en inundar el mundo de una fealdad ontológica, emanada del alma putrefacta de este malnacido.
Solo comentaremos una de sus deposiciones más conocidas, joya del santoral tontorrón laico-progre, y una de las basuras más sobrevaloradas del siglo, esa abyección llamada Guernica, por el que fue encumbrado por todo tonto wue no quiere ver lo que hay ahí pintado: un mal lance de un torero o un Belén visto por una mirada sucia y corruptora. No hace falta decir más. El amable lector puede ver esa porquería y comprobar lo que aquí se dice, al tiempo que admira su auténtica genialidad: engañar a todo insensato que quiso ver lo que no hay. Es decir, la genialidad del trilero.
En suma: este pintamonas afrancesado, hiena de la peor calaña y uno de los buhoneros mayores que ha dado el muladar del arte, afortunadamente ya murió. Pero por algún pecado que habremos cometido, todavía lo padecemos. Arda en el averno, de donde salió, in saecula saeculorum.
(Inspirado en la descripción que hace Juan Manuel de Prada en el primer tomo de Mil ojos esconde la noche)
