Célebre meme de un númen pingüiforme que se adentra solitario, alejado del grupo, tundra adentro, impertérrito, hacia montañas nevadas. Las razones de la viralidad de este meme son varias y enjundiosas. Aquí solo aventuraremos dos.

Por un lado, no cabe duda de que es síntoma del presente en marcha que nos ha tocado vivir. Habitamos un tiempo desquiciado y desnortado de crisis institucional e imperial –en lo que respecta a esa parte del globo que ocupan los Estados que fueron la precipitación histórica de la tradición hispano-grecolatina así como de la puñalada trapera que supuso la herejía protestante. Este sin Dios se manifiesta en la refluencia de las religiones primarias, que encuentra su epítome en el cada vez más tristemente extendido mascotismo, una forma cursi y pueril, pero igualmente degenerada, del bestialismo. Dicho en román paladino: la divinización de los animales, núcleo de las religiones, esto es, la unión (religación) del ser humano con inteligencias no humanas. Porque aunque sea un quebranto reconocerlo, el Dios del que hablan las religiones terciarias, no solo es que no exista, sino que el muy malandrín, ni siquiera puede existir –ni siquiera el Dios católico… Una pena, porque habría sido bonito, pero dedicarse a especular sobre lo imposible que ni es, ni fue, ni será es una variante más del esfuerzo inútil que conduce a la melancolía.

Por otro lado, en la línea de lo anterior, las sociedades que habitamos, cada vez más enfermas y degradadas, están compuestas por miríadas de individuos flotantes, narcisos completamente desaforados, última excreción de esa enfermedad del alma llamada romanticismo (ese regressus sin progressus al trampantojo idealista de la autenticidad), condenados a vivir existencias adolescentes y carentes de sentido ni dirección. Esos diocesillos contemporáneos que no dejan de mirarse las pelusas del ombligo, si paran mientes dos segundos en el simbolismo de la desgracia que seguramente le aguarda al pobre pingüino, no pueden dejar de identificarse con el animalito porque en él anticipan la hostia terrible que se van a llevar ellos mismos. Pues cuando, puesto ya el pie en el estribo, hagan recuento de las vanidades en que malgastaron la vida, ya será tarde para arreglar el desaguisado.

En suma, el pingüino nihilista tiene el sabor de un emblema de una vanitas barroca con los medios técnicos propios del mundo memético en que malvivimos. Ojalá no sea demasiado tarde para esta vieja civilización hispano-grecolatina nuestra, y solo sea un enfermo en estado grave con posibilidad leve de mejora. Aunque quien esto escribe mucho teme, como Quevedo, que: «Cargado voy de mí: veo delante muerte». Quedan advertidos.


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