Célebre númen quimérico, procedente de la mitología grecolatina, medio hombre, medio caballo, empleado por Nicolás Maquiavelo como metáfora, espejo de príncipes y del muladar de la política.
Recuerda el célebre florentino que los historiadores antiguos empleaban como modelo al centauro Quirón, educador y disciplinador de Aquiles y otros héroes. El realismo político desvela con esta metáfora los dos modos del obrar del príncipe: a veces con las leyes, a veces con la fuerza. El primero es propio de los hombres; el segundo, de las bestias —refluencia de las religiones primarias y secundarias en su secularización o anamórfosis en la política. Este preceptor mutante, mitad bestia, mitad hombre, enseña que la forma del proceder del príncipe hace uso de ambas naturalezas, pues la ausencia de una de ellas lo convierte o sanguinario matarife o en fanático santurrón.
Maquiavelo desarrolla la metáfora de la doblez de los resortes del político ampliándola con dos númenes, personajes zoomorfos protagonistas de toda suerte de fábulas: la zorra y el león. El príncipe, es decir, el político y el poderoso, los tomará como ejemplo. La zorra es astuta, conoce y tiende trampas, los arcana imperii del Estado, que el rey de la selva desconoce. El león, en cambio, espanta a lobos y hienas porque es todo dientes y fuerza bruta.
Amable lector, no olvide esta lección anatómica del funcionamiento del poder que nos brinda Maquiavelo cuando se para mientes ante un político: es un ser camaleónico, que sabe camuflar su naturaleza desdoblada, maestro en ser simulador y disimulador, que no dudará ni un Padre nuestro en usar su arte para atemorizarle o esperanzarle y, así, usarle. Advertido queda.
